Las ramas

El mundo se ha convertido en una habitación blanca infinita. Estoy de rodillas frente a un montículo de arena. Del montículo de arena, brota un tallo y del tallo, dos hojas rojas. Sólo existimos el árbol y yo. Él echa raíces en la nada y yo lo contemplo. 

Y pienso que descifrarse es lo que está en juego, que en este silencio pueden estallar  palabras sagradas. ¿Qué quieres decirme, retoño?

*

Despierto en mi habitación oscura y no en la luz devastadora. Las cortinas parecen respirar porque la ventana abierta deja pasar al viento. Aquí también se absolutiza el silencio salvo por el murmullo de los árboles.

Sin moverme, basta con alargar un poco el brazo, tomo el celular que he dejado en la mesita de noche. Llamo a Óscar. Son las cuatro de la mañana, pero contesta como si hubiese esperado durante toda la madrugada.

Del sueño no le cuento nada.

Hablo sobre mi abuelo. Le digo que de niña solía observar la foto de la boda de mis abuelos. Los lloraba. Murieron antes de que naciera, sólo conocí sus rostros por esa foto en blanco y negro que descansa en un portarretrato encima del piano en la casa de mis padres. Cuando era niña, lloraba porque jamás los conocería y jamás los amaría. 

Óscar escucha en silencio, sin hacer preguntas. Yo hablo sin esperar respuesta pero con pausas largas. Resumo lo que me han contado que fue la vida de mi abuelo. Parece que los viejos siempre la tuvieron más difícil. Nació durante la Revolución, quedó huérfano de madre y sufrió por culpa de un padre alcohólico. Durante las guerras mundiales, fue bracero pero regresó a los pocos meses cuando nació su primer hijo. Murió de fibrosis pulmonar.

Alguna vez uno de sus trabajadores le contó que en su pueblo natal los velorios eran fiesta. Se celebraba el final de la vida como el final del sufrimiento. Así que mi abuelo ordenó que en su funeral se cantara, se comiera, se bebiera y se jugara baraja. Sus hijos, entre ellos mi padre, cumplieron su voluntad. Despedido con risas, aquel hombre mudó de mundo.

Ahora Óscar me pide que duerma. Nos vemos mañana, se despide. Colgamos. 

Me acomodo para dormir. Escucho cómo el viento arrecia y el rumor de los árboles crece: una mareta verde. Habla de una vez, retoño, habla de una vez.

*

Despierto abrazada a una almohada. Esta vez no he soñado.

Óscar llama a las ocho para preguntar si me siento mejor, para entonces ya me he bañado y vestido. Le digo que sí. Ahora pregunta si ya desayuné, contesto que no tengo hambre. Lo escucho teclear con fuerza: está en la oficina. Me pongo las botas de lluvia y salgo del departamento. Antes de colgar, le cuento que tengo examen en unas horas. Te irá bien, me dice, siempre te va bien. 

En la tarde, Óscar me lleva a tomar un café. Apenas nos sentamos a la mesa en la terraza del lugar, se ocupa con la llamada de un cliente. Lo observo. Se recarga en la silla, acerca su mano derecha al rostro para mirarse las uñas, su voz suena artificial porque no es la voz que usa conmigo. Éste es otro Óscar, uno de tantos que existen dentro de él. 

Tomo la pluma que lleva en el bolsillo del saco. Me sonríe fugazmente. Dibujo en las servilletas. Ensayo retratos suyos, pronto encuentro divertido hacer pequeñas modificaciones en cada uno de esos rostros. Imagino que todos los personajes son hermanos de Óscar. O sus padres, sus primos o bisabuelos. Tal vez sus nietos. Algunos tienen sus cejas pobladas, otros su lunar en la mejilla derecha y otros más un eterno gesto de preocupación. La mitad de ellos estudiaron finanzas, pienso, como Óscar. 

Le muestro los dibujos, pero sigue ocupado en la llamada. 

Voy al sanitario. Momento de confrotación en el espejo. ¿Quién ha dibujado este rostro y sutil modificación de cuál es? ¿Dónde está el modelo original? Tengo los ojos de mi padre, que él a su vez heredó del suyo. Los ojos de mi abuelo. Ese viejo que fue un joven bracero. Una postal de un museo es todo lo que queda de esos años en Estados Unidos. Mi padre guarda la postal en un libro, como casi todo lo que le recuerda a mi abuelo. Siempre olvida en qué libro ha guardado qué. A veces, al hojear alguno, mi abuelo se desliza de las hojas. Entonces recoge la postal, la carta, la foto que se ha caído y la mira por minutos, sonríe con conflicto: es tan difícil salir ileso de esos amores irrenunciables. 

Salgo del baño. Óscar está trabajando en su laptop. Trabaja demasiado. Tiene que terminar un reporte para mañana; en cambio, a mí nadie me presiona para que termine de leer esta novela de Carmen Laforet.

Dan las siete, debemos irnos. Me pongo el abrigo mientras él guarda su laptop en el maletín. Al subir al coche, me pregunta si vamos a su casa o a la mía. 

Recuerdo el sueño de la madrugada. 

Por las ventanas del coche entra el aviso. La mareta verde está de regreso, los árboles de la ciudad trémulos quisieran articular palabras humanas. ¿A dónde vamos, retoño? ¿Qué necesitas de mí? ¿Mensajero de quién eres? E imagino que el coche se eleva a la altura de los árboles y sus ramas se mecen formando olas esmeraldas que me llevan al puerto indicado.

¿A dónde vamos?, pregunta de nuevo Óscar. Vuelvo en mí. Me tiemblan los labios, pero le pido que vayamos a la salida a Cuernavaca. ¿Es por lo de anoche? Asiento, suspira y nos vamos.

*

El pueblo donde nacieron mi abuelo y mi padre es un pueblo en el sur del Distrito Federal. Alguna vez fue tierra zapatista. No hay cines, hoteles, bares ni discotecas. Es el mismo que hace veinte años, la primera vez que lo visité, salvo porque ahora hay cajeros automáticos. La mayoría de las tierras ejidales son nopaleras. Un volcán extinto ha resguardado los campos, los ha defendido de la ciudad. 

Óscar me espera afuera en el auto, le he pedido que no entre conmigo. Tal vez sean las ocho o las nueve de la noche… El frío me arde en las mejillas. El penetrante olor a tierra mojada se me instala en los pulmones con nostalgia. Se escuchan los ruidos del mercado, de aquellos que apenas cierran sus puestos. 

La iglesia está a un lado de la cabecera municipal, delante del mercado. Es un monte blanco amurallado que resiste a los siglos. La historia del pueblo: contra uno de estos muros, fusilaron a los defensores de las tierras comunales. La historia de nuestra familia: aquí bautizaron a mi padre en latín. En este monte blanco hay un árbol del que soy retoño. 

Alguna vez la iglesia, en sus patios, contuvo el cementerio del pueblo. La remodelaron hace unos años. Desapareció el cementerio. Algunos cuerpos fueron trasladados y otros, no. El de mi abuelo permaneció aquí. Y sobre su tumba, sobre su cuerpo con pulmones de papel, se plantó un árbol. Este árbol sí puede hablarme porque habla con la lengua de mi abuelo. Abrazo este tronco, abuelo, para decirte que si el tiempo hubiera corrido de otro modo, nos habríamos amado mucho. 

Este cuento lo escribí en 2012 o 2013 y fue publicado en Resortera. Lo reescribí años después y esta es su versión definitiva, porque hay que soltar los textos, sin importar si los temas no nos sueltan a nosotros.

Publicado por aleretanab

Estudié Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. He trabajado escribiendo testimonio de supervivientes de trata de personas, promoviendo la cultura comunitaria, haciendo síntesis de medios, traduciendo del inglés al español, enseñando inglés y realizando corrección de estilo. Fui becaria del FONCA 2017-2018 y residente en la Fundación Antonio Gala 2019-2020. Así que supongo que soy eso que llaman "una persona de letras".

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