La tierra prometida

Me acuerdo de la vida;
me acuerdo
que alguna vez llovió,
y en el alba liviana
los árboles en flor eran de pájaros.
Abigael Bohórquez

Tres marcas se plasman en la tierra polvorienta. Las botas de Tomasa y su bastón dejan huellas. Camina entre las pencas hasta llegar al final del terreno, que un árbol encorvado delimita. La sombra del árbol cae sobre una gran piedra azulada en la que se sienta a esperar que termine la tarde. 

Desde ahí puede ver su casa. La casa está en la entrada del terreno y es amarilla. Se ve dorada con la luz del ocaso. Detrás de ella, se precisa la silueta del volcán extinto. ¿Y detrás de éste? Termina el mundo de Tomasa. Hace años que no deja el pueblo, que no va a la ciudad. 

Se acaricia el cabello que en cuestión de meses ha perdido color y grosor. Ahora pone la mano contra la luz del sol y se imagina que es ella quien irradia los rayos. Luminosa como los santos que decoran la iglesia del pueblo. 

Como todos los domingos, esta mañana su nuera la ha llevado a misa. En el sermón, el padre habló de la Tierra Prometida. Leyó el pasaje en el que Moisés desobedece a Dios y pierde el derecho de pisarla. Se perderá quien no se domine a sí mismo, sentenció el padre. Pero Dios también es misericordioso. Antes de morir, a Moisés le concedieron contemplar la Tierra de Israel desde el monte Nebo. 

Tomasa aún recuerda el sermón, pero lo olvidará pronto.

Lo primero que olvidó fueron los nombres de sus nietos y sus fechas de cumpleaños. La familia no le dio importancia, pocas abuelas pueden retener tantos nombres. Sólo recuerda el nombre de José Luis, el único hijo de Tomás, que vive con ella en la casa amarilla. 

Luego olvidó el nombre de algunos objetos y animales. Un día se cayó de las escaleras porque, por un instante, se había olvidado de dónde estaba. Poco después comenzó a perder los recuerdos de su propia vida. 

No recuerda a Javier, el hombre con el que estuvo casada cuarenta años y la dejó viuda hace seis. En cambio sí recuerda a su hijo Tomás, el de los ojos medio claros, el que tuvo fiebre tifoidea a los ocho años, el que se fue al Norte y no ha vuelto. 

Tomasa mira el volcán extinto. Se imagina que Tomás vuelve antes de morir y desde ahí contempla su tierra natal. Ella lo saluda desde la piedra azulada. Se sonríen. Después se hacen viento.

Pero Tomasa no recuerda el regreso y la muerte de su hijo. Lo quemaron vivo. Un agosto. En el bullicio de las fiestas patronales, Tomás se paseaba ebrio por las calles empedradas. Se abría paso entre una multitud cuando le rociaron un galón de gasolina encima y luego le lanzaron un cerillo encendido. Ardió como la zarza en la que se manifestó Dios a Moisés. Ardió, pero se consumió.

Lo mataron los hermanos del ofendido. Tras su regreso, se entendió con una mujer casada y el esposo los descubrió más pronto que tarde. Tomasa no recuerda el drama del cadáver calcinado, tampoco el doble llanto de su nuera. No recuerda la traición ni la muerte. 

Ahora Tomasa ve a alguien salir de la casita y adentrarse al terreno. La figura patea una penca. Corre hasta casi llegar al árbol. Desacelera. Camina hacia ella. 

Hola, abuela. Hola, José Luis. Cuando voltea a verlo, se encuentra con sus ojos medio claros. Detrás de él, el sol está a punto de ocultarse. El cuerpo de José Luis brilla. Su sonrisa es más una mueca, un gesto torcido.

Cuando se dieron cuenta que Tomasa no recordaba la muerte de su hijo, nadie tuvo el valor de contarle la verdad. Era más fácil, les pareció, vivir con un hijo ausente que con uno asesinado. ¿Además, cuánto tardaría en sepultar la verdad de nuevo en la oscuridad de su mente?

José Luis recibió estricta orden de no tocar el tema con su abuela. Y no lo ha hecho por muchos años. Pero ahora ha llegado a una edad donde la crueldad resurge. Y más importante, acaba de tener una discusión con su madre, que ha terminado con un plato roto y la puerta azotada. 

Tienes los ojos de tu papá, dice Tomasa. José Luis resopla. Siéntate, el atardecer está bonito. No se mueve. Se escucha el ladrido de un perro.

Abuela, ¿te digo la verdad? Tomasa le sonríe intrigada. Él se irrita más, se le junta el odio en el hueco que han dejado dos dientes caídos en la boca de su abuela. ¿Te digo la verdad? Ella se encoge de hombros sin dejar de sonreír, no aparta la mirada de José Luis. Al niño le tiemblen las piernas. Los labios dudan y, sin embargo, gritan: ¡Pinche vieja, mi papá se murió! ¡No va a volver!

Tomasa aparta la vista. José Luis no siente la satisfacción que esperaba. La abuela se pone de pie y deja caer su mano sobre el hombro del nieto. Le pasa su bastón. 

José Luis refugia los ojos en esas botas llenas de polvo. Perdón, abuela. Ella lo ignora. Escucha: golpea la piedra con mi bastón. Abuela, perdón, no es verdad. Hazme caso. La mano aprieta el hombro. La voz no pierde el temple. 

Si quieres volver a ver a tu padre, golpea la piedra. 

Obedece, niño. 

José Luis empuña el bastón, lo levanta y, con todas sus fuerzas, con miedo y rabia, con la leve esperanza de un milagro, asesta un golpe a la piedra azulada.

Cierra los ojos. 

Nada pasa. 

Los abre y ve el cielo. Ha anochecido y sobre ellos se acumulan las nubes. Lloverá en la madrugada. Tomasa lo estrecha contra sí y le besa la frente. José Luis se sujeta desesperado. Ella le hunde el rostro en el cabello. Le escurre en las mejillas demasiada agua. 

Tomás no ha vuelto. De la piedra no ha brotado nada.

Este cuento lo escribí por ahí de febrero de 2014, creo que se publicó en una revista en Monterrey, pero (qué ironía) no lo recuerdo bien.

Publicado por aleretanab

Estudié Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. He trabajado escribiendo testimonio de supervivientes de trata de personas, promoviendo la cultura comunitaria, haciendo síntesis de medios, traduciendo del inglés al español, enseñando inglés y realizando corrección de estilo. Fui becaria del FONCA 2017-2018 y residente en la Fundación Antonio Gala 2019-2020. Así que supongo que soy eso que llaman "una persona de letras".

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